domingo, 15 de febrero de 2015


MIENTRAS LAS HOJAS CAEN


Mientras las hojas caen tus recuerdos se envuelven entre mis pensamientos, observo por la ventana y parece como si estuvieras ahí, fuera esperándome pero no es así, mi mente a veces me juega pequeñas bromas que acreditan mi demencia.  Mientras las hojas caen siento que me observas cada minuto incluso cada segundo, no soporto la sensación de pensar en ti pues luego de eso un torrente de lágrimas empieza a salir de mis ojos adquiriendo una tonalidad roja que hace ver mis pupilas dilatadas con un tenue brillo inspirador de agonía. Mientras las hojas caen largas y pesadas horas describen  mis día a día en el que intentar acostumbrarme al hecho de que ya no estés aquí se convirtió en mi monotonía, pensar en ti e inmediatamente entablar una conversación con alguien para distraerme de la difícil tarea de tener que cargar con la soledad que me atormenta silenciosamente, que me agota ilimitadamente y me hace querer partir junto a ti. Mientras las hojas caen no soporto pensar en la pregunta cliché de ¿por qué me pasa esto a mí? Ni mucho menos pensar que fue para bien, que fue una mala racha impuesta por el destino, que fue algo inconmensurable de la vida, que fue y sigue siendo un desafío superable. ¡No lo soporto! Y es simple, porque mientras las hojas caen me niego a pensar que solo fue algo natural, algo que pasa en cualquier momento, algo que no se tiene previsto y que por esa misma razón duele, duele en las entrañas, duele en el alma, duele como si quebraran todos mis bosquejos quedando en simples conceptos vacíos, y peor aún duele en el fondo del corazón. Y sí, es cierto que mientras las hojas caen aun no comprendo la grandiosidad del hecho, aun no entiendo las fuerzas impulsadoras de la vida constante, aun no percibo el aliento eterno del existir y por tanto no interpreto el ánimo de subsistir. Así que mientras las hojas caen me he dado a la tarea de no dejarte en el olvido del recuerdo, de no repudiar la aflicción, la angustia y el desespero, de no desamparar las ansias de volver a verte si es que eso del espíritu existe realmente, ni mucho menos de abandonar los deseos humanamente posibles que has dejado en mí, y en la credulidad de que puedo con una firme determinación dejar de ver las hojas caer como si fueran un pedazo de todo tu ser.